Los entremeses

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Miguel de Cervantes Saavedra

Los entremeses


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664165527

Índice

PRÓLOGO.

ENTREMES DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS .

ENTREMES DEL RUFIAN VIUDO, LLAMADO TRAMPAGOS .

ENTREMES DEL VIZCAINO FINGIDO .

ENTREMES DE LA GUARDA CUIDADOSA .

ENTREMES DEL VIEJO ZELOSO .

ENTREMES DE LA ELECCION DE LOS ALCALDES DE DAGANZO .

ENTREMES DE LA CÁRCEL DE SEVILLA .

ENTREMES DEL RETABLO DE LAS MARAVILLAS .

ENTREMES DE LA CUEVA DE SALAMANCA .

ENTREMES DEL HOSPITAL DE LOS PODRIDOS .

ENTREMES DE LOS DOS HABLADORES .

PRÓLOGO.

Índice

Entre las diversas obras que debemos al príncipe de los ingenios españoles, ninguna mas desconocida ni mas digna de conocerse que la preciosa coleccion de Entremeses que ofrecemos al público en la presente esmerada edicion manual, con objeto de que logren la misma popularidad que ha alcanzado el resto de sus obras. En éstas verán los lectores como la prodigiosa versatilidad del genio de Cervantes, le adaptaba para concebir y desarrollar los argumentos mas grandiosos y los mas sencillos, y si hemos de decir lo que sentimos, nos atreveriamos á asegurar que fuera del Quijote, en los Entremeses es donde Cervantes aparece mas cervántico, si es permitido emplear esta espresion. En estos cuadros goyescos, formados á ligeras pinceladas, parecia estar en su verdadero elemento, y correr sin estorbo el raudal inagotable de su vena cómica. En todo lo que era pintura de caracteres exagerados, grotescos y ridículos, Cervantes no tenia rival, y como éstos sean los verdaderos materiales y elementos de los Entremeses ó composiciones que hoy conocemos con el nombre de Sainetes, nadie vacilará en reconocerlas y disputarlas por unas de las mas espontáneas y genuinas muestras del peculiar talento de Cervantes.

Entre los once entremeses que la coleccion comprende, los hay tales como La Cárcel de Sevilla, El Vizcaino Fingido, El Rufian Viudo, que parecen paño de la misma tela de que se cortaron los aplaudidos cuadros de Rinconete y Cortadillo, La Tia Fingida y El Casamiento Engañoso. En punto á crítica de preocupaciones generalizadas en la humana especie, resalta entre todos, y tiene mas de un punto de contacto con el pensamiento que presidió á la confeccion de la aventura del Clavileño, el gracioso entremes intitulado: El Retablo de las Maravillas. Son dos joyas de inestimable valor, El Viejo Celoso, repeticion con cortas variantes del argumento de El Celoso Estremeño, con la diferencia de acabar en música y alegría lo que en la novela tiene un fin conmovedor y trágico; y La Cueva de Salamanca, en que insiste asimismo en la pintura de viejos maridos burlados por esposas jóvenes y casquivanas. El que lleva por título El Juez de los Divorcios, carece de argumento propiamente dicho, y sin embargo tiene embebido y con la risa en los labios al lector, merced á esa retahila de narraciones en que casados mal avenidos sacan á la colada lo que otros mas discretos suelen lavar en casa.

Como burla y descripcion exacta de alcaldes de monterilla, con quienes por su desgracia tuvo que habérselas Cervantes en sus muchas peregrinaciones por los lugares y aldeas de España, es cuadro inimitable el entremes llamado La Eleccion de los Alcaldes. Quien quiera un modelo de diálogo chispeante y gracioso, seguro que colmará la medida de su deseo leyendo el de La Guarda Cuidadosa, que con decir que sus actores tienen de soldado y de semi-bachiller y semi-sacristan, basta para que saliese bien manejado el asunto en manos de Cervantes. El Hospital de los Podridos, se le ahija sin otra razon que la de parecer bueno, y por suyo pasa mientras nadie vaya ni venga contra tal decision; pero no se dirá lo mismo de la imponderable y nunca bastantemente bien alabada pintura de la comezon de charlar, hecha con todo el desenfado cervantino en el entremes de Los Habladores.

En resúmen, todos ellos son dignos de su pluma, y van salpicados de salsas de modismos, pimienta de frases y salmorejo de locuciones graciosas, que podrán entrar como de auxilio y refresco en el ya agotado y seco campo de nuestro lenguaje, falto de aquella frescura y vigor cómicos que alcanzó en los tiempos de Rueda y de Cervantes. Aunque fue como el creador de esta clase de composiciones, en él llegaron al colmo de la perfeccion. Finalmente, compuestos á principios del siglo XVII, su lectura es hoy dia tan interesante como si para nosotros se hubieran hecho y sacado de la sociedad que nos rodea: lo cual prueba, y en esto consiste su mérito principal, que no hay asunto, por trivial que parezca, que no tome cuerpo y cobre importancia y elevacion en las manos del verdadero genio, pues él sabia depositar en el mas sencillo, algo de aquel fondo de interés universal y humano, que le hará sobrenadar en la corriente de los siglos. El público juzgará. Por nuestra parte, hemos procurado tomar por modelo la edicion mas correcta, y al frente de cada uno de ellos, hemos puesto una viñetita ilustrando respectivamente sus escenas principales.


ENTREMES
DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS.

Índice

Sale el Juez y otros dos con él, que son Escribano y Procurador, y siéntase en una silla. Salen el Vejete y Mariana, su mujer.

MARIANA.

Aun bien que está ya el señor juez de los divorcios sentado en la silla de su audiencia: de esta vez tengo de quedar dentro, ó fuera: de esta vegada tengo de quedar libre de pedido y alcabala, como el gavilan.

VEJETE.

Por amor de Dios, Mariana, que no almodonees[1] tanto tu negocio: habla paso, por la pasión que Dios pasó: mira que tienes atronada á toda la vecindad con tus gritos; y pues tienes delante al señor juez, con menos voces le puedes informar de tu justicia.

JUEZ.

¿Qué pendencia traeis, buena gente?

MARIANA.

Señor, divorcio, divorcio, y mas divorcio, y otras mil veces divorcio.

JUEZ.

¿De quién, ó por qué, señora?

MARIANA.

¿De quién? de este viejo, que está presente.

JUEZ.

¿Por qué?

MARIANA.

Porque no puedo sufrir sus impertinencias, ni estar continuo atenta á curar todas sus enfermedades, que son sin número; y no me criaron á mí mis padres para ser hospitalera, ni enfermera: muy buen dote llevé al poder de esta espuerta de huesos, que me tiene consumidos los dias de la vida: cuando entré en su poder me relumbraba la cara como un espejo, y agora la tengo con una vara de frisa[2] encima. Vuesa merced, señor juez, me descase, si no quiere que me ahorque: mire, mire los surcos que tengo por este rostro, de las lágrimas que derramo cada dia, por verme casada con esta anatomía.

JUEZ.

No lloreis, señora: bajad la voz y enjugad las lágrimas, que yo os haré justicia.

MARIANA.

Déjeme vuesa merced llorar, que con esto descanso. En los reinos y en las repúblicas bien ordenadas habia de ser limitado el tiempo de los matrimonios; y de tres en tres años se habian de deshacer, ó confirmarse de nuevo, como cosas de arrendamiento; y no que hayan de durar toda la vida, con perpétuo dolor de entrambas partes.

JUEZ.

Si ese arbitrio se pudiera ó debiera poner en práctica, y por dineros, ya se hubiera hecho; pero especificad mas, señora, las ocasiones que os mueven á pedir divorcio.

MARIANA.

El invierno de mi marido, y la primavera de mi edad: el quitarme el sueño, por levantarme á media noche á calentar paños y saquillos de salvado para ponerle en la ijada, el ponerle ora aquesta, ora aquella ligadura, que ligado le vea yo á un palo por justicia: el cuidado que tengo de ponerle de noche alta la cabecera de la cama, jarabes, lenitivos, porque no se ahogue del pecho; y el estar obligada á sufrirle el mal olor de la boca, que le huele mal á tres tiros de arcabuz.

ESCRIBANO.

Debe de ser de alguna muela podrida.

VEJETE.

 

No puede ser, porque lleve el diablo la muela ni diente que tengo en toda ella.

PROCURADOR.

Pues ley hay, que dice, segun he oido decir, que por solo el mal olor de la boca se puede descasar la mujer del marido, y el marido de la mujer.

VEJETE.

En verdad, señores, que el mal aliento, que ella dice que tengo, no se engendra de mis podridas muelas, pues no las tengo, ni menos procede de mi estómago, que está sanísimo, sino de esa mala intencion de su pecho. Mal conocen vuestras mercedes á esta señora; pues á fe que si la conociesen, que la ayunarian, ó la santiguarian. Veintidos años há que vivo con ella mártir, sin haber sido jamás confesor de sus insolencias, de sus voces, y de sus fantasías; y ya va para dos años que cada dia me va dando vaivenes y empujones hacia la sepultura, á cuyas voces me tiene medio sordo, y á puro reñir sin juicio. Si me cura, como ella dice, cúrame á regañadientes, habiendo de ser suave la mano y la condicion del médico. En resolucion, señores, yo soy el que muero en su poder; y ella es la que vive en el mio, porque es señora, con mero, misto imperio[3], de la hacienda que tengo.

MARIANA.

¿Hacienda vuestra? ¿y qué hacienda teneis vos, que no la hayais ganado con la que llevastes en mi dote? Y son mios la mitad de los bienes gananciales, mal que os pese; y de ellos y de la dote, si me muriese agora, no os dejaria valor de un maravedí, porque veais el amor que os tengo.

JUEZ.

Decid, señor: ¿cuándo entrastes en poder de vuestra mujer, no entrastes gallardo, sano, y bien acondicionado?

VEJETE.

Ya he dicho que há veintidos años que entré en su poder, como quien entra en el de un cómitre calabrés á remar en galeras de por fuerza, y entré tan sano, que podia decir y hacer, como quien juega á las pintas[4].

MARIANA.

Cedacico nuevo, tres dias en estaca[5].

JUEZ.

Callad, callad, nora en tal mujer[6] de bien; y andad con Dios, que yo no hallo causa para descasaros; y pues comísteis las maduras, gustad de las duras[7]: que no está obligado ningun marido á tener la velocidad y corrida del tiempo que no pase por su puerta y por sus dias; y descontad los malos que ahora os da, con los buenos que os dió cuando pudo; y no repliqueis mas palabra.

VEJETE.

Si fuese posible, recibiria gran merced que vuestra merced me la hiciese de despenarme, alzándome esta carcelería; porque dejándome asi, habiendo ya llegado á este rompimiento, será de nuevo entregarme al verdugo que me martirice; y si no hagamos una cosa: enciérrese ella en un monasterio, y yo en otro: partamos la hacienda; y de esta suerte podremos vivir en paz y en servicio de Dios lo que nos queda de la vida.

MARIANA.

¡Malos años! Bonica soy yo para estar encerrada: no sino llegaos á la niña, que es amiga de redes, de tornos, rejas y escuchas: encerraos vos, que lo podreis llevar y sufrir, que ni teneis ojos con que ver, ni oidos con que oir, ni pies con que andar, ni manos con que tocar: que yo que estoy sana, y con todos mis cinco sentidos cabales y vivos, quiero usar de ellos á la descubierta, y no por brújula, como quínola dudosa[8].

ESCRIBANO.

Libre es la mujer.

PROCURADOR.

Y prudente el marido; pero no puede mas.

JUEZ.

Pues yo no puedo hacer este divorcio, quia nullam invenio causam.

Entra un Soldado bien aderezado, y su mujer doña Guiomar.

GUIOMAR.

Bendito sea Dios, que se me ha cumplido el deseo que tenia de verme ante la presencia de vuestra merced, á quien suplico, cuan encarecidamente puedo, sea servido de descasarme de éste.

JUEZ.

¿Qué cosa es de éste? ¿No tiene otro nombre? Bien fuera que dijérades siquiera, de este hombre.

GUIOMAR.

Si él fuera hombre, no procurara yo descasarme.

JUEZ.

¿Pues qué es?

GUIOMAR.

Un leño.

SOLDADO.

Por Dios que he de ser leño en callar y en sufrir; quizá con no defenderme, ni contradecir á esta mujer, el juez se inclinará á condenarme; y pensando que me castiga, me sacará de cautiverio, como si por milagro se librase un cautivo de las mazmorras de Tetuan.

PROCURADOR.

Hablad mas comedido, señora, y relatad vuestro negocio, sin improperios de vuestro marido: que el señor juez de los divorcios, que está delante, mirará rectamente por vuestra justicia.

GUIOMAR.

¿Pues no quieren vuestras mercedes que llame leño á una estátua, que no tiene mas acciones que un madero?

MARIANA.

Ésta y yo nos quejamos sin duda de un mismo agravio.

GUIOMAR.

Digo en fin, señor mio, que á mí me casaron con este hombre, ya que quiere vuestra merced que asi lo llame; pero no es este hombre con quien yo me casé.

JUEZ.

¿Cómo es eso? que no os entiendo.

GUIOMAR.

Quiero decir, que pensé que me casaba con un hombre moliente y corriente, y á pocos dias hallé que me habia casado con un leño, como tengo dicho; porque él no sabe cuál es su mano derecha, ni busca medios ni trazas para grangear un real con que ayude á sustentar su casa y familia. Las mañanas se le pasan en oir misa, y en estarse en la puerta de Guadalajara murmurando, sabiendo nuevas, diciendo y echando mentiras; y las tardes, y aun las mañanas tambien, se va de casa en casa de juego, y allí sirve de número[9] á los mirones, que segun he oido decir, es un género de gente á quien aborrecen en todo estremo los garitos. Á las dos de la tarde viene á comer, sin que le hayan dado un real de barato, porque ya no se usa el darlo: vuélvese á ir: vuelve á media noche: cena, si lo halla, y si no, santíguase, bosteza y acuéstase; y en toda la noche no sosiega, dando vueltas. Pregúntole ¿qué tiene? Respóndeme, que está haciendo un soneto en la memoria para un amigo que se le ha pedido; y da en ser poeta, como si fuese oficio con quien no estuviese vinculada la necesidad del mundo.

SOLDADO.

Mi señora doña Guiomar en todo cuanto ha dicho no ha salido de los límites de la razon; y si yo no la tuviera en lo que hago, como ella la tiene en lo que dice, ya habia yo de haber procurado algun favor de palillos de aquí ó de allí, y procurar verme como se ven otros hombrecitos aguditos y bulliciosos, con una vara en las manos, y sobre una mula de alquiler, pequeña, seca y maliciosa, sin mozo de mulas que le acompañe; porque las tales mulas nunca se alquilan, sino á faltas, y cuando están de nones: sus alforjitas á las ancas, en la una un cuello y una camisa, y en la otra su medio queso, y su pan y su bota; sin añadir á los vestidos que trae de rua[10], para hacellos de camino, sino unas polainas y una sola espuela; y con una comision y aun comezon en el seno, sale por esa puente toledana raspa-hilando, á pesar de las malas mañas de la harona, y á cabo de pocos dias envia á su casa algun pernil de tocino, y algunas varas de lienzo crudo: en fin, de aquellas cosas que valen baratas en los lugares del distrito de su comision, y con esto sustenta su casa, como el pecador mejor puede; pero yo, que no tengo oficio, no sé qué hacerme, porque no hay señor que quiera servirse de mí, porque soy casado: asi que me será forzoso suplicar á vuestra merced, señor juez, pues ya por pobres son tan enfadosos los hidalgos, y mi mujer lo pide, que nos divida y aparte.

GUIOMAR.

Y hay mas en esto, señor juez: que como yo veo que mi marido es tan para poco, y que padece necesidad, muérome por remediarle, pero no puedo; porque en resolucion, soy mujer de bien, y no tengo de hacer vileza.

SOLDADO.

Por esto solo merecia ser querida esta mujer; pero debajo de este pundonor tiene encubierta la mas mala condicion de la tierra: pide zelos sin causa: grita sin por qué: presume sin hacienda; y como me ve pobre, no me estima en el baile del rey Perico[11]; y es lo peor, señor juez, que quiere, que á trueco de la fidelidad que me guarda, le sufra y disimule millares de millares de impertinencias y desabrimientos que tiene.

GUIOMAR.

¿Pues no? ¿Y por qué no me habeis vos de guardar á mí decoro y respeto, siendo tan buena como soy?

SOLDADO.

Oid, señora doña Guiomar, aquí delante de estos señores os quiero decir esto: ¿Por qué me haceis cargo de que sois buena, estando vos obligada á serlo, por ser de tan buenos padres nacida, por ser cristiana, y por lo que debeis á vos misma? Bueno es que quieran las mujeres que las respeten sus maridos, porque son castas y honestas: como si en solo esto consistiese de todo en todo su perfeccion; y no echan de ver los desaguaderos por donde desaguan la fineza de otras mil virtudes que les faltan. ¿Qué se me da á mí que seais casta con vos misma, puesto que se me da mucho si os descuidais de que lo sea vuestra criada, y si andais siempre rostrituerta, enojada, zelosa, pensativa, manirota, dormilona, perezosa, pendenciera, gruñidora, con otras insolencias de este jaez, que bastan á consumir las vidas de doscientos maridos? Pero con todo esto, digo, señor juez, que ninguna cosa de estas tiene mi señora doña Guiomar; y confieso que yo soy el leño, el inhábil, el dejado y el perezoso; y que por ley de buen gobierno, aunque no sea por otra cosa, está vuesa merced obligado á descasarnos: que desde aquí digo que no tengo ninguna cosa que alegar contra lo que mi mujer ha dicho, y que doy el pleito por concluso, y holgaré de ser condenado.

GUIOMAR.

¿Qué hay que alegar contra lo que tengo dicho? Que no me dais de comer á mí, ni á vuestra criada; y monta que son muchas, sino una, y aun esa sietemesina, que no come por un grillo.

ESCRIBANO.

Sosiéguense, que vienen nuevos demandantes.

Entra uno vestido de médico, y es cirujano; y Aldonza de Minjaca, su mujer.

CIRUJANO.

Por cuatro causas bien bastantes vengo á pedir á vuestra merced, señor juez, haga divorcio entre mí y la señora doña Aldonza de Minjaca, mi mujer, que está presente.

JUEZ.

Resoluto venís: decid las cuatro causas.

CIRUJANO.

La primera, porque no la puedo ver mas que á todos los diablos: la segunda, por lo que ella se sabe: la tercera, por lo que yo me callo: la cuarta, porque no me lleven los demonios, cuando de esta vida vaya, si he de durar en su compañía hasta mi muerte.

PROCURADOR.

Bastantísimamente ha probado su intencion.

ALDONZA.

Señor juez: vuestra merced me oiga; y advierta que si mi marido pide por cuatro causas divorcio, yo le pido por cuatrocientas. La primera, porque cada vez que le veo, hago cuenta que veo al mismo Lucifer: la segunda, porque fui engañada cuando con él me casé; porque él dijo que era médico de pulso, y remaneció cirujano, y hombre que hace ligaduras y cura otras enfermedades, que va á decir de esto á médico la mitad del justo precio: la tercera, porque tiene zelos del sol que me toca: la cuarta, que como no le puedo ver, querria estar apartada de él dos millones de leguas.

ESCRIBANO.

¿Quién diablos acertará á concertar estos relojes, estando las ruedas tan desconcertadas?

ALDONZA.

La quinta...

JUEZ.

Señora, señora, si pensais decir aquí todas las cuatrocientas causas, yo no estoy para escuchallas, ni hay lugar para ello: vuestro negocio se recibe á prueba, y andad con Dios, que hay otros negocios que despachar.

CIRUJANO.

¿Qué mas pruebas, sino que yo no quiero morir con ella, ni ella gusta de vivir conmigo?

JUEZ.

Si eso bastase para descasarse los casados, infinitísimos sacudirian de sus hombros el yugo del matrimonio.

Entra uno vestido de Ganapan, con su caperuza cuarteada.

GANAPAN.

Señor juez: Ganapan soy, no lo niego; pero cristiano viejo, y hombre de bien á las derechas; y si no fuese que alguna vez me tomo del vino, ó él me toma á mí, que es lo mas cierto, ya hubiera sido prioste en la cofradía de los hermanos de la carga[12]; pero dejando esto aparte, porque hay mucho que decir en ello, quiero que sepa el señor juez, que estando una vez muy enfermo de los vaguidos de Baco, prometí de casarme con una mujer errada[13]: volví en mí, sané, y cumplí la promesa, y caséme con una mujer, que saqué de pecado: púsela á ser placera: ha salido tan soberbia, y de tan mala condicion, que nadie llega á su tabla con quien no riña, ora sobre el peso falto, ora sobre que le llegan á la fruta; y á dos por tres les da con una pesa en la cabeza, ó á donde topa, y los deshonra hasta la cuarta generacion, sin tener hora de paz con todas sus vecinas y aparceras; y yo tengo de tener todo el dia la espada mas lista que un sacabuche para defendella; y no ganamos para pagar penas de pesos no maduros, ni de condenaciones de pendencias. Querria, si vuesa merced fuese servido, ó que me apartase de ella, ó por lo menos le mudase la condicion acelerada que tiene, en otra mas reportada y mas blanda; y prométole á vuesa merced de descargalle de balde todo el carbon que comprare este verano, que puedo mucho con los hermanos mercaderes de la costilla[14].

 

CIRUJANO.

Ya conozco yo la mujer de este buen hombre; y es tan mala como mi Aldonza, que no lo puedo mas encarecer.

JUEZ.

Mirad, señores: aunque algunos de los que aquí estais habeis dado algunas causas, que traen aparejada sentencia de divorcio, con todo eso es menester que conste por escrito, y que lo digan testigos; y asi á todos os recibo á prueba: Pero ¿qué es esto? ¿Música y guitarras en mi audiencia? Novedad grande es ésta.

Entran dos músicos.

MÚSICO.

Señor juez: aquellos dos casados tan desavenidos, que vuestra merced concertó, redujo y apaciguó el otro dia, están esperando á vuestra merced con una gran fiesta en su casa; y por nosotros le envian á suplicar sea servido de hallarse en ella, y honrallos.

JUEZ.

Eso haré yo de muy buena gana; y pluguiese á Dios que todos los presentes se apaciguasen como ellos.

PROCURADOR.

De esa manera moriríamos de hambre los escribanos y procuradores de esta audiencia: que no, no, sino todo el mundo ponga demandas de divorcios: que al cabo, al cabo, los mas se quedan como se estaban, y nosotros habemos gozado de el fruto de sus pendencias y necedades.

MÚSICO.

Pues en verdad que desde aquí hemos de ir regocijando la fiesta.

(Cantan los músicos.)

Entre casados de honor,

Cuando hay pleito descubierto,

Mas vale el peor concierto,

Que no el divorcio mejor.

Donde no ciega el engaño

Simple, en que algunos están,

Las riñas de por San Juan

Son paz para todo el año.

Resucita allí el honor,

Y el gusto, que estaba muerto,

Donde vale el peor concierto

Mas que el divorcio mejor.

Aunque la rabia de zelos

Es tan fuerte y rigurosa,

Si los pide una hermosa,

No son zelos, sino cielos.

Tiene esta opinion amor,

Que es el sabio mas esperto,

Que vale el peor concierto

Mas que el divorcio mejor.

FIN DE ESTE ENTREMES.