Novelas ejemplares

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Segunda edición, junio de 2020

Primera edición en Panamericana Editorial Ltda.,

abril de 1997

© Panamericana Editorial Ltda.

Calle 12 No. 34-30. Tel.: (571) 3649000

www.panamericanaeditorial.com

Tienda virtual: www.panamericana.com.co

Bogotá, D. C., Colombia

Editor

Panamericana Editorial Ltda.

Edición

Julian Acosta Riveros

Diagramación

CJV Publicidad y Edición de libros

Diseño de carátula

Jairo Toro

ISBN Impreso: 978-958-30-6014-4

ISBN Digital: 978-958-30-6474-6

Prohibida su reproducción total o parcial

por cualquier medio sin permiso del Editor.

Impreso por Panamericana Formas e Impresos S. A.

Calle 65 No. 95-28. Tels.: (57 1) 4302110-4300355

Fax: (57 1) 2763008

Bogotá, D. C., Colombia

Quien solo actúa como impresor

Impreso en Colombia - Printed in Colombia


Contenido


Prólogo

Dedicatoria

Prólogo del autor

La gitanilla

Rinconete y Cortadillo

El licenciado Vidriera

El celoso extremeño

La ilustre fregona

Las dos doncellas

El casamiento engañoso

Coloquio de los perros

Cronología

Prólogo

Si bien por la famosa historia de El ingenioso hidalgo... se ha llamado a su autor el príncipe de los ingenios, no es menos cierto que en el resto de su obra, menos conocida, hay también abundantes muestras de su genialidad. Entre esa otra producción se encuentra una colección de narraciones publicadas en 1613, entre la primera y segunda parte del Quijote, con el título Novelas ejemplares.

En la dedicatoria al conde de Lemos, el propio Cervantes habla de doce cuentos, pero es importante saber que en la lengua italiana (cuya cultura literaria ejerció influencia sobre él) la palabra novella era aplicable a relatos imaginarios, cuentos breves, historias, historietas y novela; por eso, nuestro autor dice en el prólogo que él es el primero en «novelar» en lengua castellana.

Muchos estudiosos de la obra de Cervantes creen encontrar en Novelas ejemplares relación con El decamerón de Boccacio, autor italiano del siglo XIV; pero más que esto, sobresale en ellas la idiosincrasia española, producto de la historia, algunos enlaces culturales con la literatura oriental y las experiencias de su historia personal.

Nace Miguel de Cervantes Saavedra en la ciudad de Alcalá de Henares (España), cercana a Madrid, en 1547. Fue discípulo de López de Hoyos, gran humanista y maestro, quien posteriormente lo dio a conocer como poeta y por cuyo intermedio fue nombrado camarero, en Roma, del cardenal Acquaviva. A raíz de este trabajo, tiene la oportunidad de viajar a Italia y de conocer, de primera mano, la literatura de ese país. Sin embargo, sus enemigos lo llamaban ingenio lego, a causa de que no podía exhibir títulos, puesto que no había finalizado los estudios superiores.

Se vivía un periodo de guerras en la vieja Europa; en 1570, Cervantes deja Roma y el palacio del cardenal y se alista como soldado. En 1571, una herida de arcabuz, en la batalla de Lepanto, le inutiliza el brazo izquierdo, por lo cual comenzó a llamársele el manco de Lepanto. Combate luego en las batallas de Navarino, Corfú, Túnez y La Goleta y vuelve a Italia. Posteriormente, en 1576, cuando retornaba a España junto con su hermano Rodrigo, el navío en que viajaban es atacado por piratas berberiscos (del norte de África); es apresado y conducido cautivo a Argel. Durante cinco años intentó fugarse varias veces por lo que el precio que se pedía por su rescate era cada vez mayor; se necesitaron muchos esfuerzos de su familia (de escasos recursos) y de buenos e influyentes amigos para que fuera liberado cuando estaba listo para ser enviado a Constantinopla con su amo Hasán.

En 1582, residente otra vez en Madrid, va a estudiar a la Universidad de Salamanca, y en 1584 contrae matrimonio con Catalina de Salazar. Responsable ya de su propia parentela, inicia una serie de intentos fallidos por estabilizarse económicamente: obtuvo el cargo de Proveedor de la Armada, pero al rendir mal las cuentas es encarcelado. La fortuna no le acompaña; se dice que hasta sus vestidos los compraba a crédito, y en los años siguientes es excomulgado y encarcelado nuevamente cuando se le descubre apropiándose de bienes eclesiásticos y cuando quiebra, por desfalcos, el banco para el cual trabajaba en Granada.

En 1590 solicita ir a América; no se le concede este deseo y se emplea, entonces, como recaudador de impuestos. Se le acusa de malversar fondos y va de nuevo a la cárcel. Como a pesar de su desdichada vida sacaba tiempo para escribir, en 1592 firma, por primera vez, un contrato para realizar media docena de comedias. Aún así la mala estrella parece perseguirlo, pues en 1603 es llamado a Valladolid para defenderse en causa que se le sigue por desfalco al tesoro. Sin embargo, en este viaje conoce al editor don Francisco de Robles quien, en 1604, lograría el privilegio de la publicación de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha.

En 1605 aparece el famoso libro y Cervantes, ya conocido y alabado como su autor, se ve envuelto —junto a otros parientes— en una acusación por homicidio. Y a medida que crece su fama como escritor comienza a tener enemigos entre la gente de letras. Hacia 1608 está de nuevo en Madrid, y en 1610 le solicita al conde de Lemos, su protector y amigo, que lo lleve con él a Nápoles. No complacido con esto, y soportando aún penurias económicas, ingresa en 1609 a la Cofradía del Santísimo Sacramento, y en 1613 —año en que aparecen las Novelas ejemplares, y El Quijote es traducido al inglés— toma el hábito de la Orden Tercera de San Francisco.

En 1614, dedicado ya a la vida monástica y a la creación literaria, escribe poesía y publica Viaje del Parnaso. Se entera, entonces, de que ha sido editada la «continuación» del Quijote, compuesta por Alonso Fernández de Avellaneda, lo cual lo obliga a escribir la segunda parte de El ingenioso hidalgo... que publica en 1615, además de ocho comedias y ocho entremeses.

En 1616, gravemente enfermo y en la misma pobreza en que siempre vivió, muere en Madrid luego de firmar para el conde de Lemos la dedicatoria de Persiles y Segismunda.

La anterior es una biografía mínima necesaria para comprender el porqué de la temática y del estilo de la obra narrativa de Cervantes, en la cual Novelas ejemplares ocupa un lugar destacado por el vigor costumbrista y la intencionalidad social que se esconden en estos cuadros de la vida real.

Las llamadas Novelas ejemplares fueron doce, de las cuales se presentan, en esta ocasión, ocho para los lectores jóvenes. Tres, escritas probablemente entre 1600 y 1603 (El licenciado Vidriera, La ilustre fregona y Las dos doncellas), parecen corresponder a la influencia de la novela italiana y de los típicos cuadros de costumbres; cuatro, escritas tal vez entre 1604 y 1606 (Rinconete y Cortadillo, El celoso extremeño, El casamiento engañoso y El coloquio de los perros), denotan una transición de su autor hacia la novela de intención crítico-social; y, finalmente una, La gitanilla —la más conocida de todas y escrita posiblemente después de 1609— constituye una mirada también más crítica de la España de su tiempo en cuanto concierne al papel de la mujer y al problema de los gitanos en su país.

La gitanilla trata de la historia de Preciosa, una joven bella, inteligente y graciosa que es la consentida de su familia de gitanos, educada por ellos y especialmente por su abuela en todas las artes de la gitanería, y famosa por sus habilidades para cantar y bailar, y de quien se enamoran un poeta y un noble. Este último deja familia y fortuna y cambia de nombre por hacerse a la vida de los gitanos, cumpliendo todas las condiciones impuestas para ser así aceptado por su amada. Al final de todas las pruebas y de muchas aventuras, se sabe que Preciosa es hija también de nobles a quienes les había sido raptada por la anciana que la crio y se realiza la unión con don Juan de Cárcamo, su pretendiente, que por merecerla había vivido como gitano bajo el nombre de Andrés Caballero.

Pero la historia no es más que una ventana para ver más hacia el interior de la vida humana y de la España de Cervantes, en la que ya se discriminaba a los gitanos, quienes se las ingeniaban para burlar las leyes humillantes de la corona. Algunos estudiosos encuentran, además, que La gitanilla muestra que lo que somos depende no tanto de las circunstancias en que venimos al mundo sino de aquellas en que se forma nuestra personalidad.

 

Como en otras de sus novelas, Cervantes introduce aquí abundantes muestras de su talento lírico en distintos poemas y romances que forman parte de la narración.

Rinconete y Cortadillo es, para muchos especialistas, una realización excelente de la picaresca aunque le falte el típico vagabundeo que caracteriza al género. Es la historia de dos jóvenes pícaros —Pedro del Rincón y Diego de Cortado— que se conocen camino de Andalucía y en Sevilla se «gradúan» de rufianes al convivir con lo más representativo del hampa de aquellos tiempos. Sevilla, como escenario, y Monipodio, como el maestro de rateros y bandidos, constituyen aquí, como dice Mirta Aguirre1, el cruce de todos los caminos, porque en ellos confluyen y conviven la vieja ladina pero santurrona, el correveidile, el alguacil cómplice, el chulo, las mujeres de vida alegre, el muchacho mandadero, el viejo soplón, los ladrones que se inician y el joven de barrio, bien vestido, que paga para que agredan físicamente a su enemigo.

Cervantes logra en esta obra —a pesar de la dureza de la realidad a la que apunta— una deliciosa recreación de ese mundo del hampa a través de personajes que hablan sentenciosa y solemnemente como si fueran caballeros. Pero hay, a la vez, una importante valoración del habla popular y del lenguaje de la calle que permiten conocer en profundidad la personalidad de sus protagonistas. Por eso es, entre las novelas anteriores a El Quijote, una de las que más se aproxima a este.

El licenciado Vidriera cuenta la historia de Tomás Rodaja, un hijo de labradores, quien deseoso de estudiar para llegar a ser alguien importante lo sacrifica todo a la inteligencia sirviendo a quienes le llevan a la universidad hasta licenciarse en leyes. Sin embargo, termina enrolándose como soldado en las guerras de su patria.

Son muchas las peregrinaciones y los sucesos en los que se involucra Tomás hasta que, luego de beber el hechizo dado por una mujer, pierde la razón y comienza a creerse hecho de vidrio; esto origina su apodo de licenciado Vidriera.

Como en Don Quijote, aparece aquí el loco como protagonista y también la ironía de que el trastorno de la mente no le impide razonar y, por el contrario, le agudiza el ingenio. De ahí la sabiduría expresada en los diálogos que sostiene con distintos personajes acerca de la poesía como ciencia, del destino del escritor y de otras tantas cosas de la vida cotidiana y de las preocupaciones fundamentales del ser humano. Al final, recobrada la razón, descubre que si antes podía vivir bien como loco, siendo cuerdo corre el peligro de morirse de hambre.

El celoso extremeño constituye, según varios especialistas, una adaptación moderna del cuento literario tradicional donde el viejo celoso que cuida exageradamente a su mujer joven termina traicionado por esta. Pero más que la del viejo hidalgo Filipo de Carrizales se destaca, quizá, la figura de Loaiza, el típico pícaro vividor, hijo de familia rica pero pervertido por el ambiente y quien se las arregla para seducir a la mujer casada a la que ni siquiera ha visto. Nuevamente, Cervantes introduce entre los personajes de sus relatos a los discriminados: el negro descendiente de esclavos (representado en Luis), a quien se lo soborna aprovechando sus impulsos artísticos, y una portuguesa (Guiomar), en quien muestra las desventajas que en España implicaba su etnia.

Algunos piensan que esta novela expresa la censura cervantina a los matrimonios desiguales y el rechazo de su autor a los homicidios por cuestión de honor. Ello porque al final Leonora, la esposa seducida, reniega del amante y entra en el convento cuando muere su marido engañado quien, en cambio de cobrar venganza, decide que a su fallecimiento la mujer se case con el seductor para reparar así el hecho de haberla desposado en edad en que podría ser su abuelo.

La ilustre fregona cuenta una historia muy parecida a la de La gitanilla. La protagonista tiene, incluso, el mismo nombre de cuna (Constanza) y fue también separada del hogar paterno desde muy niña. Vive igualmente adoptada en un hogar modesto y es, asimismo, culta, bella y recatada y se enamora de un caballero noble que no vacila en abandonar su condición para convertirse, por ella, en ayudante de posada. Al final hay también un desenlace feliz; solo que la linda fregona es un personaje pasivo, comparado con Preciosa. Hay, sin embargo, más humor en este relato y se acerca más (especialmente por los personajes masculinos) a obras de la picaresca como el Lazarillo de Tormes, El buscón y Rinconete y Cortadillo.

Las dos doncellas es otra historia de amor protagonizada esta vez por dos jóvenes mujeres (Teodosia y Leocadia), quienes disfrazadas de varones huyen del hogar paterno en busca del hombre que las burló —y al cual aman—, con el fin de recuperar su honra. Se cree que esta novela es anterior al Quijote y que en ella se prefiguran muchos de los personajes que aparecerán en este; por ejemplo, el mesonero, antecesor de Sancho Panza, y «El mancebo de lo verde», antecesor de «El caballero del verde gabán». Como en todas las obras de Cervantes, se evidencia aquí el trasfondo histórico y cultural de España materializado en los roces político-militares entre Castilla y Aragón (la pelea en el puerto de Barcelona) y el tema muy español de la honra y el honor.

El casamiento engañoso es la historia de mutua estafa entre el alférez Campuzano y Estefanía, mujer de dudoso proceder, a quien desposa por interés y que, a su vez, se aprovecha de él. Los hechos de este engaño son relatados por el soldado al licenciado Peralta, paisano suyo, cuando regresa convaleciente y humillado, y constituyen la introducción para El coloquio de los perros, con el cual se enlaza, presentándola el alférez como uno más de los sucesos —este maravilloso— que vivió en el Hospital de la Resurrección (de Valladolid) durante su convalecencia.

El coloquio de los perros es el último de esta serie de relatos, donde Cipión y Barganza, dos canes guardianes del hospital antes mencionado, descubren que han sido dotados por una noche del poder de hablar y deciden, entonces, contarse sus vidas. Entre las Novelas ejemplares esta es, sin duda, una de las que más ha dado que hablar. Algunos reconocen aquí elementos autobiográficos, como los temores y creencias de la España del Siglo de Oro, influida de la España medieval por las hechicerías, maleficios, conjuros y talismanes; otros la interpretan como una fábula cervantina para hablar de quienes llevan vida de perros en la España de la época. Pero todos están de acuerdo en que el diálogo de los perros constituye una pieza maestra por la fina observación, el colorido y la aguda crítica que realiza acerca de la sociedad y de los hombres; y, como lo afirman Riquer y Valverde, «por lo que podría llamarse la “psicología” de sus interlocutores»2. Cipión es reflexivo, mesurado, y tiene siempre listos máximas y consejos; Barganza es desordenado, parlanchín y bonachón, pero divertido y gracioso en sus relatos: «Un perro pícaro que sufre mil perrerías de innumerables y diversos amos, y las relata con una propiedad y una gracia incomparables»3.

Se plantean, pues, en este coloquio —aparentemente desprevenido y fresco— problemas esenciales como la existencia de Dios, la fortuna, la moral, la fantasía creadora; y se retrata allí, como en el mejor Cervantes del Quijote y como en todas las narraciones de este libro, toda la hondura de la condición humana: razón de más para adentrarnos en su lectura.

Carolina Mayorga Rodríguez


Dedicatoria

A D. Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, de Andrade y de Villalba, etc.

En dos errores casi de ordinario caen los que dedican sus obras a algún príncipe. El primero es que en la carta que llaman dedicatoria, que ha de ser breve y sucinta, muy de propósito y espacio, ya llevados de la verdad o de la lisonja, se dilatan en ella en traerle a la memoria, no solo las hazañas de sus padres y abuelos, sino las de todos sus parientes, amigos y bienhechores. Es el segundo decirles que las ponen debajo de su protección y amparo, porque las lenguas maldicientes y murmuradoras no se atrevan a morderlas y lacerarlas. Yo, pues, huyendo destos dos inconvenientes, paso en silencio aquí las grandezas y títulos de la antigua y Real Casa de Vuestra Excelencia, con sus infinitas virtudes, así naturales como adquiridas, dejándolas a que los nuevos Fidias y Lisipos busquen mármoles y bronces adonde grabarlas y esculpirlas, para que sean émulas a la duración de los tiempos. Tampoco suplico a vuestra excelencia reciba en su tutela este libro, porque sé que si él no es bueno, aunque le ponga debajo de las alas del hipogrifo de Astolfo y a la sombra de la clava de Hércules, no dejarán los Zoilos, los Cínicos, los Aretinos y los Bernias de darse un filo en su vituperio, sin guardar respeto a nadie. Solo suplico que advierta vuestra excelencia que le envío, como quien no dice nada, doce cuentos, que a no haberse labrado en la oficina de mi entendimiento, presumieran ponerse al lado de los más pintados. Tales cuales son, allá van, y yo quedo aquí contentísimo por parecerme que voy mostrando en algo el deseo que tengo de servir a vuestra excelencia como a mi verdadero señor y bienhechor mío. Guarde nuestro Señor, etc. De Madrid a 13 de julio de 1613.

Mirta Aguirre. La obra narr Criado de vuestra excelencia,

Miguel de Cervántes Saavedra

1 Mirta Aguirre. La obra narrativa de Cervantes. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1971, pp. 244-245.

2 Martín de Riquer y José María Valverde. Historia de la literatura universal. Tomo 2 (6.a edición). Planeta, Barcelona, 1976, pp. 206-207.

3 Ibid.

Prólogo del autor

Quisiera yo, si fuera posible (lector amantísimo), excusarme de escribir este prólogo, porque no me fue tan bien con el que puse en mi Don Quijote, que quedase con gana de segundar con este. De esto tiene la culpa algún amigo de los muchos que en el discurso de mi vida he granjeado antes con mi condición que con mi ingenio: el cual amigo bien pudiera, como es uso y costumbre, grabarme y esculpirme en la primera hoja de este libro, pues le diera mi retrato el famoso don Juan de Jáuregui, y con esto quedara mi ambición satisfecha, y el deseo de algunos que querrían saber qué rostro y talle tiene quien se atreve a salir con tantas invenciones en la plaza del mundo a los ojos de las gentes, poniendo debajo del retrato: este que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos, y de nariz corva aunque bien proporcionada, las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes no crecidos, porque no tiene sino seis y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies: este, digo, que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas, y quizá sin el nombre de su dueño; llámase comúnmente Miguel de Cervántes Saavedra: fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades: perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo; herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlos V, de felice memoria; y cuando a la de este amigo, de quien me quejo, no ocurrieran otras cosas que las dichas que decir de mí, yo me levantara a mí mismo dos docenas de testimonios, y se los dijera en secreto, con que extendiera mi nombre y acreditara mi ingenio; porque pensar que dicen puntualmente la verdad los tales elogios, es disparate, por no tener punto preciso ni determinado las alabanzas ni los vituperios. En fin, pues ya esta ocasión se pasó, y yo he quedado en blanco y sin figura, será forzoso valerme por mi pico, que aunque tartamudo, no lo será para decir verdades, que dichas por señas suelen ser entendidas. Y así te digo (otra vez, lector amable) que destas novelas que te ofrezco, en ningún modo podrás hacer pepitoria, porque no tienen pies ni cabeza, ni entrañas, ni cosa que les parezca: quiero decir, que los requiebros amorosos que en algunas hallarás, son tan honestos y tan medidos con la razón y discurso cristiano, que no podrán mover a mal pensamiento al descuidado o cuidadoso que las leyere. Heles dado el nombre de Ejemplares, y si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar un ejemplo provechoso; y si no fuera por no alargar este sujeto, quizá te mostrara el sabroso y honesto fruto que se podría sacar, así de todas juntas, como de cada una de por sí. Mi intento ha sido poner en la plaza de nuestra república una mesa de trucos, donde cada uno pueda llegar a entretenerse sin daño de barras: digo, sin daño del alma ni del cuerpo, porque los ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan. Sí; que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los oratorios, no siempre se asiste a los negocios por calificados que sean: horas hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse: para este efecto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se allanan las cuestas, y se cultivan con curiosidad los jardines. Una cosa me atreveré a decirte: que si por algún modo alcanzara que la lección de estas novelas pudiera inducir a quien las leyera a algún mal deseo o pensamiento, antes me cortara la mano con que las escribí, que sacarlas en público: mi edad no está ya para burlarse con la otra vida, que al cincuenta y cinco de los años gano por nueve más, y por la mano. A esto se aplicó mi ingenio, por aquí me lleva mi inclinación, y más que me doy a entender (y es así) que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana; que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y estas son mías propias, no imitadas ni hurtadas: mi ingenio las engendró y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa. Tras ellas, si la vida no me deja, te ofrezco los Trabajos de Persiles, libro que se atreve a competir con Heliodoro, si ya por atrevido no sale con las manos en la cabeza: y primero verás, y con brevedad, dilatadas las hazañas de Don Quijote y donaires de Sancho Panza; y luego las Semanas del jardín. Mucho prometo con fuerzas tan pocas como las mías; pero ¿quién pondrá rienda a los deseos? Solo esto quiero que consideres: que pues yo he tenido osadía de dirigir estas novelas al gran conde de Lemos, algún misterio tienen escondido, que las levanta. No más, sino que Dios te guarde, y a mí me dé paciencia para llevar bien el mal que han de decir de mí más de cuatro sotiles y almidonados.

 

—Vale.