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La isla del tesoro

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CAPÍTULO XV
EL HOMBRE DE LA ISLA

DE uno de los lados del cerro que era, en aquel sitio, escarpado y pedregoso, un guijarro se desprendió por el cauce seco de una de las vertientes cascajosas, saltando, rebotando y haciendo estrépito en sus choques repetidos contra árboles y piedras. Volví los ojos instintivamente en aquella dirección y ví una forma extraña moverse y ocultarse tras del tronco de uno de los árboles. ¿Era aquello un oso, un hombre, ó un orangután? Me era imposible decirlo. Me parecía negro y velludo; pero esto era lo único de que me podía dar cuenta en aquel momento. Sin embargo, el terror de esta nueva aparición me hizo contenerme en mi carrera.

Me veía, según toda probabilidad, cortado por el frente y por la retaguardia: detrás de mí, los asesinos, y delante aquella forma indescriptible que me acechaba. En el acto comencé á preferir los peligros que me eran conocidos á aquellos que aparecían velados. El mismo Silver se me figuraba ya menos terrible comparándolo con aquella extravagante criatura, especie de gnomo de la montaña, y así fué que, sin más vacilaciones le volví la espalda, no sin volverme azoradamente para verle sobre el hombro, y comencé á correr de nuevo, esta vez en dirección de los botes.

Pero en pocos segundos la horrible figura, después de dar una gran vuelta, se me igualó en la carrera y aun comenzó á avanzar delante de mí. Yo estaba bien exhausto ya, no cabía duda, pero aun cuando hubiese estado fresco y descansado, ví muy pronto que era una locura el pretender luchar en velocidad con adversario semejante. De un tronco á otro aquella extraña criatura parecía volar como un ciervo, corriendo á semejanza del hombre, en dos pies, pero diferenciándose de la carrera humana en que como ciertas aves se dejan ir en el espacio por largo tiempo con las alas cerradas, esta se deslizaba á trechos hacia abajo por la pendiente, de una manera fantástica, maravillosa é inexplicable para mí. Y sin embargo, era un hombre, ya no me era posible dudarlo por más tiempo.

Vínome á la imaginación en el acto todo cuanto había oído ó leído sobre caníbales y aun estuve á punto de gritar ¡socorro! Pero el mero hecho de ser aquel un hombre, aunque fuese un salvaje, me había ya serenado un poco, y el miedo que Silver me inspiraba reapareció vivo y formidable en mi ánimo. Me detuve, pues, por el momento, y buscando en mi atribulada imaginación alguna puerta de salvamento ó de escape, me acordé, de pronto, de la pistola que llevaba conmigo. Y no hice más que recordar que no estaba tan indefenso, y sentí que el valor volvía á mi corazón, y dando el rostro resueltamente al hombre de la isla, marché hacia él con paso vigoroso.

En este momento él estaba oculto tras de otro tronco de árbol, pero debe haberse estado espiándome muy atentamente, porque tan luego como yo me adelanté hacia donde él estaba, se mostró de repente y dió un paso para venir á mi encuentro. Pero acto continuo vaciló, dió algunos pasos hacia atrás, luego otros hacia mí de nuevo, hasta que, por último, con extraordinaria sorpresa y confusión mía, le ví caer de rodillas y tenderme en ademán suplicante sus manos enclavijadas:

Al ver esto, torné á detenerme indeciso.

– ¿Quién es Vd.?, le pregunté.

Á lo cual se apresuró él á contestarme con una voz ronca, opaca, como el rumor que produjese una cerradura enmohecida y en desuso.

– ¡Soy Ben Gunn! Soy el pobrecito Ben Gunn que por tres años no ha tenido delante un cristiano con quien hablar!

Al oir esto pude ya darme cuenta de que aquel no era un caníbal, como lo creí al principio, sino un hombre de raza blanca como yo, y aun observé que sus facciones eran regulares y agradables. Su cutis, en todos los puntos que aparecía descubierto, estaba tostado por el sol; sus labios mismos estaban ennegrecidos y sus ojos claros eran una cosa sorprendente en aquel conjunto de facciones oscuras. De todos los mendigos que en mi vida había yo podido ver ó figurarme, era éste el número uno por lo destrozado y harapiento. Estaba vestido con girones de lona de velámen, añadidos y mezclados con retazos informes de paño azul-marino, y toda aquella extraordinaria estructura de andrajos estaba sujeta y rodeada á su persona, por la más incongruente y exótica reunión de broches y costuras: botones de metal, espinas de pescado, correas de pieles crudas, pedacitos de madera á guisa de agujetas, y presillas de alquitranados cordones. Ciñendo su talle llevaba un viejo cinturón de cuero con hebilla de metal, cuya prenda era la única cosa sólida y sin soluciones de continuidad de todo cuanto llevaba encima.

– ¡Tres años!, exclamé yo. ¿Naufragó Vd. acaso cerca de esta costa?

– No, amigo mío, me aislaron4 aquí.

Yo había oído esa palabra aplicada á una especie de castigo horrible, muy común entre los piratas, cuya esencia era desembarcar al condenado en una isla inhabitada, dejándole solamente un fusil y una poca de pólvora y abandonándolo allí para siempre.

– ¡Aislado por tres años!, continuó aquel mísero. Tres años mortales durante los cuales he vivido de cabras monteses, de berzas silvestres y de ostras de la playa. Yo sé que donde quiera que un hombre se encuentre colocado, aquel hombre puede ayudarse y valerse por sí mismo. Pero, amigo, mi corazón ya suspira por alguna comida de cristianos. Tú traerás allí por casualidad un pedacillo de queso, ¿no es verdad?.. ¡Pues dámelo, anda!.. ¿No traes?.. ¡Ah! ¡si tú supieras qué noches tan largas me he pasado aquí, soñando con una tajadilla de queso, con una tostada, sobre todo! Y luego me despertaba… ¿y qué?.. ¡Aquí!.. ¡siempre aquí!

– Si Dios quiere que alguna vez pueda yo volver á bordo, le prometo á Vd. que tendrá queso hasta ahitarse, le repliqué.

Todo el tiempo que había durado nuestro corto diálogo anterior, Ben Gunn no había cesado de asentar con su mano el paño de mi jubón, de tocarme suavemente las manos, de contemplar mis botas y, en una palabra, de manifestar el placer más infantil con la presencia de un semejante suyo. Pero al oir mis últimas frases se enderezó de repente con cierta especie de sobresalto.

– Si Dios quiere que puedas volver á bordo, ¿has dicho? Y bien, ¿quién es el que te lo impide?

– No es Vd., por cierto, le contesté.

– Y dices muy bien en eso, exclamó. Pero antes de pasar adelante, vamos á ver, ¿cómo te llamas, camarada?

– Jim, le dije.

– Jim, Jim, repetía él con aparente complacencia. Ahora bien, Jim, ya debo decirte que yo he vivido una vida tan borrascosa que ni aun me atrevo á contártela, porque te avergonzarías sólo de oirme. ¿Creerás tú, al escuchar esto, que yo nunca tuve una madre, buena y piadosa, para dirigirme y velar por mí?

– ¡No! no he pensado tal cosa, le respondí.

– ¡Ah!, dijo él. ¡Pues sí que la tuve y muy santa y muy piadosa! Yo era un muchachito paisano, muy bueno y muy aprovechado, que me sabía tan bien mi catecismo que cuando me soltaba recitándolo, lo repetía, como si fuera una sola palabra, y sin respirar, desde el principio hasta el fin. ¡Ah! pero aquí va ahora lo que sucedió, Jim. Un día comencé á jugar á las canicas y al hoyuelo; por allí comencé, no te quepa duda. Mi pobrecita madre me sermoneaba y me decía lo que me iba á suceder, ¡pobre señora, me acuerdo muy bien! Pero la Providencia me trajo aquí. Yo no he cesado de pensarlo en todo el tiempo que he estado olvidado en esta isla desierta y, lo que es ahora, ya me siento bueno otra vez. Ya nadie me volverá á coger nunca probando el rom… á no ser un dedalito… nada más que un dedal por accidente, cuando se me presente una ocasión. Inevitablemente ya, tengo que ser bueno y sé cuál es el camino para lograrlo, porque, óyeme bien, Jim… – y al decir esto vió en torno suyo y bajó la voz hasta convertirla en un murmullo – … ¡soy muy rico!

Al escuchar esto, no me cupo duda sobre que aquel desgraciado se había vuelto loco en su soledad, y supongo que debo haber dejado conocer mi pensamiento en mi semblante, porque él se apresuró á repetir calurosamente:

– ¡Rico, rico, sí señor! Yo te diré cómo y haré de tí todo un hombre, Jim. ¡Ah, muchacho, dale á Dios una y mil veces gracias de que hayas sido tú la primera criatura humana que se ha encontrado conmigo!

Pero no bien había pronunciado estas palabras su semblante se oscureció repentinamente, como si se viese asaltado por una idea ingrata; estrechó mi mano con mayor fuerza entre las suyas y levantó el dedo índice ante mis ojos con un ademán amenazador diciendo:

– Pero ante todo Jim, dime la verdad… ¿no es ese de allí el buque del Capitán Flint?

Oyendo esto me vino una inspiración rápida y feliz. Comencé á creer que lo que yo había encontrado, era un aliado, y en tal concepto me apresuré á contestarle:

– No, por cierto. Flint ha muerto. Pero si le he de decir á Vd. la verdad, como Vd. me lo pide, á bordo de esa goleta vienen varios de los hombres del tal Flint, por desgracia de todos los demás de la partida.

¿No viene un hombre con una sola pierna?, murmuró Ben Gunn.

– ¿Silver?, le pregunté.

– ¡Ah! ¡Silver!, contestó él. ¡Silver! ¡eso es… ese es su nombre!

– Es el cocinero de á bordo y al mismo tiempo el cabecilla ó director de esos hombres.

 

Al llegar aquí, Ben Gunn, que todavía me tenía cogido por la muñeca, dióme una especie de fuerte sacudida.

– Si tú has sido enviado aquí por John Silver, dijo, yo estoy ya tan bueno como un cerdo, muy bien lo sé. ¿Pero en qué pensaste tú, muchacho?

Yo había ya formado mi resolución en un instante, así es que, por vía de respuesta, le conté la historia completa de nuestro viaje y el difícil predicamento en que nos encontrábamos á aquellas horas. Escuchóme él con el más profundo interés y cuando hube concluído exclamó dándome una palmadilla en la cabeza:

– Jim, tú eres un buen muchacho, y tú y los tuyos están en un apuro del demonio, ¿nó es esto? Pues no tengas cuidado. Ten confianza en mí. Ben Gunn es el hombre para sacarlos de su varadero. Pero antes dime, ¿crées tú que tu Caballero resultará ser un hombre bastante liberal para quien sepa sacarlo del aprieto en que se ve metido?

– ¡Oh! en cuanto á eso, el Caballero es el hombre más liberal y generoso que yo he conocido, le respondí.

– Pero hay que ver bien, dijo Ben Gunn; yo no quiero decir que me recompensará dándome una covacha de conserje para guardar una puerta; ó una librea dorada de lacayo, ó cosa por el estilo. ¡Oh, no! Lo que yo quiero decir es que si me daría, por ejemplo, un buen millar de libras esterlinas, contantes y sonantes, que es tanto cuanto puede apetecer para ser dichoso un hombre como yo. ¿Qué dices tú?

– Pues digo que estoy seguro de que sí lo haría, le respondí yo. Tal como venían las cosas todos los expedicionarios estábamos llamados á dividirnos la hucha.

– ¿Y me dará también un pasaje á Inglaterra?, añadió con una mirada recelosa y desconfiada.

– ¿Pues cómo no?, le dije. El Sr. de Trelawney es un hombre de honor. Y además de esto, ¿no ve Vd. que si con su auxilio logramos desembarazarnos de los otros, necesitaríamos de Vd. sin remedio para ayudarnos á maniobrar el buque?

– ¡Ah! ¡pues es verdad!, replicó Ben Gunn. ¡Yo les sería indispensable!

Y con esto pareció como aliviado de un gran peso.

– Ahora, prosiguió, voy á contarte cómo pasaron los sucesos, ni más ni menos. Yo estaba á bordo del buque de Flint cuando éste sepultó aquí su tesoro. Él se vino á tierra con seis hombres, grandes, fuertes. Permanecieron aquí cerca de una semana, y nosotros, entre tanto, allá afuera… esperando… anclados en el fondeadero, en su viejo buque el Walrus. Un hermoso día, vimos por fin la señal esperada. Flint venía por sí solo… solo enteramente en su pequeño bote, con su cabeza vendada con una banda azul… El sol comenzaba á levantarse y él aparecía pálido… pálido como un muerto junto al tajamar… ¡Pero allí estaba, eso sí! En cuanto á los otros seis… ¡todos muertos! ¡muertos y enterrados!.. ¿Cómo se arregló para ello? Ninguno de los que íbamos á bordo pudo averiguarlo nunca, ¿Fué lucha leal, asesinato, sorpresa, que fué?.. ¡Quién sabe! Lo único que sabíamos es que ellos eran seis y él no era más que uno… ¡uno contra seis! Billy Bones era el piloto del barco; John Silver era el contramaestre y ambos le preguntaron dónde quedaba oculto el tesoro. – “¡Ah!, contestó él, si Vds. quieren ir á averiguarlo pueden irse á tierra y quedarse allí buscando. Lo que es el barco vuelve á la mar en busca de más, con mil diablos!” Eso fué lo que él dijo!.. Tres años después de aquello me cupo en suerte venir en otro buque. Cuando vimos la isla yo dije: – “Ea, muchachos; el tesoro del Capitán Flint está aquí. ¡Vamos bajando á tierra y encontrémoslo!” – El Capitán se disgustó con esto, pero mis camaradas fueron todos de mi opinión y bajamos á tierra. Doce días consecutivos buscaron y buscaron en vano. Creían que yo les había jugado una horrible burla y cada día me llenaban de nuevos y más duros insultos, hasta que una mañana, ya cansados y sin esperanzas se volvieron todos á bordo. – “Por lo que hace á tí Benjamín Gunn, me dijeron al partir, aquí tienes un mosquete, un pico y una azada: quédate aquí y encuentra para tí solo el tesoro del Capitán Flint!”… Tres años hace de esto, Jim; tres años que he estado aquí sin probar un solo platillo de cristianos, hasta hoy!.. Pero, dime ahora… mírame… ¿tengo yo el aspecto de un marinero?.. ¡Ya te oigo murmurar que no!.. ¡Ah!, es que yo también lo digo… yo… ¡yo mismo!

Al decir esto me guiñó los ojos y me oprimió la mano fuertemente. Y luego prosiguió:

– Tú nada más repítele á tu Caballero mis propias palabras, Jim. Díle esto: “Tres años hace que Ben Gunn es el único habitante de esta isla, lo mismo á la hora de la luz que en medio de la noche, lo mismo en la tempestad que en el buen tiempo. Tal vez algunas ocasiones ese pobre – díle – tal vez ha pensado en su anciana madre, que anciana ha de ser si vive aún; quizás, á veces, habrá caído de rodillas para decir una oración. Pero la mayor parte del tiempo de Ben Gunn se ha empleado en otro asunto.” Y al decirle esto le darás un pellizco como este que te doy aquí.

É hízolo como lo decía, de la manera más confidencial que imaginarse pueda, prosiguiendo en el acto:

– Pero continuarás al punto y le dirás: “Gunn es un buen chico, no cabe duda y él deposita él precioso don de su confianza, deposita él precioso don de su confianza – no olvides decírselo con esas mismas palabras – en un Caballero por nacimiento, más que en cualquiera de esos “caballeros de la fortuna” de los cuales él ha sido uno.”

– Pero vamos allá, le dije yo; prescindiendo de que no alcanzo á entender una palabra de todo lo que me ha estado Vd. diciendo aquí, ¿cómo podría yo repetírselo al Caballero si no veo la posibilidad de volver á bordo?

– ¡Ah! allí está la vuelta del cabo! Y bien, aquí está mi bote; mi bote que yo he fabricado con mis propias manos. Yo lo tengo oculto bajo la peña blanca. Si sucede lo peor de lo peor, creo debemos intentar esa travesía después de que oscurezca…

En este punto tuvo que interrumpirse bruscamente, porque aun cuando el sol tenía todavía una hora ó más que alumbrar hasta ocultarse en el horizonte, oímos repentinamente, repetido por todos los ecos de la isla, el trueno imponente de un cañonazo.

– ¡Eh! ¿qué es eso?, preguntó Ben Gunn.

– Es que han comenzado á batirse, le contesté. ¡Sígame Vd.!

Y olvidando en aquel punto todos mis terrores precedentes me dí á correr hacia la rada, en dirección del ancladero, acompañado por el hombre aislado que corría junto á mí velozmente, sobre sus cacles de piel de cabra, con gran ligereza y facilidad.

– ¡Á la izquierda! ¡á la izquierda!, me decía. ¡Cárgate siempre hacia la izquierda, camarada!, repetía. ¡Quién diría que yo voy aquí bajo los árboles, contigo! Mira, allí es donde maté mi primera cabra. Ahora ya no bajan hasta acá; ahora las tienes siempre encaramadas en sus masteleros, allá entre las jarcias y los motones de sus montañas, todo, no más que por miedo de Ben Gunn! ¡Ah! mira tú… ¡allí tienes el cementerio! ¿no ves sus terraplenes?.. Cuando por mis cuentas creo que debe ser domingo, sabes tú… suelo venir aquí y me arrodillo y rezo. No tiene esto muchas trazas de capilla, ni siquiera de una pobre ermita, ¿no es verdad?.. pues, mira tú… yo le encuentro no sé qué cosa de solemne y de imponente. Y luego, ya lo ves, no he tenido las manos muy llenas… ni una biblia, ni una enseña… y en cuanto á capellán, pues… ni soñarlo.

Y seguía así, charla y charla mientras corríamos, sin esperar ni recibir respuesta alguna.

Un rato considerable había trascurrido después del disparo del cañón, cuando oímos una descarga de armas de menos calibre.

Siguióse otra pausa, y luego, á menos de un cuarto de milla frente á mí, divisé repentinamente en el aire, flotando sobre las cimas de los árboles del bosque, la gloriosa bandera de Inglaterra.

PARTE IV
LA ESTACADA

CAPÍTULO XVI
EL DOCTOR PROSIGUE LA NARRACIÓN Y REFIERE CÓMO FUÉ ABANDONADO EL BUQUE

SERÍA la una y media de la tarde cuando los dos botes de La Española se fueron á tierra. El Capitán, el Caballero y yo estábamos discurriendo acerca de la situación en nuestra cámara de popa. Si hubiera soplado en aquellos momentos la brisa más ligera, hubiéramos caído por sorpresa sobre los seis rebeldes que se nos había dejado á bordo, hubiéramos levado anclas y salido á alta mar. Pero el viento faltaba de todo punto y para completar nuestro desamparo, vino muy pronto Hunter á traernos la nueva de que Hawkins se había metido en uno de los botes y marchádose con los expedicionarios de la isla.

Jamás nos ocurrió poner en duda la lealtad de Hawkins, pero sí nos pusimos en alarma por su vida. Con la excitación en que aquellos hombres se encontraban nos parecía que sólo una casualidad podía hacer que volviésemos á verle vivo. Corrimos sobre cubierta. El calor era tal que la brea que unía la juntura de los tablones comenzaba á burbujar, derritiéndose; el nauseabundo hedor de aquel sitio me ponía verdaderamente malo, y si alguna vez hombre alguno absorbió por el olfato los gérmenes de mil enfermedades infecciosas, ese fuí yo, sin duda, en aquel abominable fondeadero. Los seis sabandijas estaban sentados á proa, refunfuñando á la sombra de una vela. Hacia la playa podíamos divisar los botes sujetos á tierra, y á un hombre de los de Silver, sentado en cada uno de ellos. Uno de aquellos dos conjurados se divertía silbando el “Lilibullero.”

Esperar era una locura, así es que decidimos que Hunter y yo iríamos á tierra en el serení5 en busca de informes y para explorar el terreno.

Los botes se habían recargado sobre su derecha, pero Hunter y yo remamos rectos en dirección de la estacada marcada en nuestro mapa. Los centinelas y guardianes de los esquifes parecieron desconcertarse un tanto con nuestra aparición. El “Lilibullero” cesó de oirse y pude ver á aquel par de alhajas discutiendo lo que debían hacer. Si se hubieran marchado para avisar á Silver lo que ocurría, abandonando sus botes, es claro que las cosas hubieran pasado de muy distinta manera; pero supongo que tenían sus órdenes y, en consonancia con ellas, decidieron permanecer tranquilamente en donde estaban y muy luego oímos que la música de “Lilibullero” comenzaba de nuevo.

Había en aquel punto una ligera curva en la costa y yo no perdí tiempo remando cuan fuertemente pude para ponerla entre los hombres de los esquifes y nosotros, de tal suerte que antes de que llegásemos á tierra ya nos habíamos perdido mutuamente de vista. Salté por fin en la playa y púseme á correr tan de prisa como podía atreverme á hacerlo, desplegando sobre mi cabeza un gran pañuelo de seda blanco para evitar la insolación y con un buen par de pistolas, enteramente listas, por precaución, contra cualquiera sorpresa.

No había recorrido aún cien yardas cuando llegué á la estacada.

He aquí lo que había en ella: una fuente de agua límpida y clara brotaba casi en la cumbre de la colina; sobre ésta, y encerrando la fuente por supuesto, se había improvisado una espaciosa cabaña de postes de madera, arreglada de manera de poder encerrar unas dos veintenas de hombres, en caso de apuro, y con troneras para mosquetes por todos lados. Al derredor de esta cabaña habíase limpiado un espacio considerable y, para completar la obra, se había levantado una empalizada bastante fuerte, como de seis pies de elevación, sin ninguna puerta ó pasadizo, con resistencia suficiente para no poderla echar por tierra sino con tiempo y trabajo, pero bastante abierta para que no pudiera servir de parapeto á los sitiadores. Los que estuvieran en posesión de la cabaña del centro podían llamarse dueños del campo y cazar á los de afuera como perdices. Lo que se necesitaba allí era una vigilancia continua y provisiones, porque á menos de una completa sorpresa, los sitiados podían sostenerse muy bien contra un regimiento entero.

En lo que yo me fijé entonces de una manera más particular fué en la fuente, porque aun cuando en nuestro castillo de popa de La Española teníamos armas y municiones en gran cantidad, y abundancia de víveres y vinos excelentes, lo cierto es que de una cosa estábamos ya bien escasos, y era de agua. Estaba yo preocupado con este pensamiento, cuando de pronto llegó á mis oídos distintamente, desde algún punto de la isla, el grito supremo de un hombre que se moría. Yo he servido á Su Alteza Real el Duque de Cumberland y aun fuí herido yo mismo en Fontenoy, pero en aquel instante mi pulso se detuvo y no pude menos que verme asaltado por esta idea: “¡Han matado á Hawkins!

 

Haber sido uno un viejo soldado es ya algo, pero es todavía más haber sido médico. No tiene uno tiempo para vacilaciones ni cosas inútiles, así es que en un instante formé mi resolución y sin perder un segundo regresé á la playa y salté de nuevo á bordo del serení.

Por fortuna Hunter era un remador de fuerza. Hicimos volar á nuestro botecillo y muy pronto estábamos ya al costado de La Española, á cuyo bordo subimos á toda prisa.

Encontré á todos emocionados, como era natural. El Caballero estaba sentado, lívido como un papel, lamentando ¡alma de Dios! los peligros á que nos había traído. Uno de los seis hombres quedados á bordo estaba ya en mejores condiciones.

– Allí hay un hombre, dijo el Capitán Smollet apuntando hacia él, que es novicio en la obra de estos malvados. Ha venido aquí, á punto de desmayarse, en cuanto que oyó aquel grito de muerte. Con otra vuelta de cabrestante lo tenemos con nosotros, eso es seguro.

Expliqué entonces al Capitán Smollet cuál era mi plan, y entre los dos arreglamos los detalles de su realización.

Pusimos á nuestro viejo Redruth en la estrecha galería que, como se recordará, era la única comunicación posible entre la popa y el castillo de proa, dándole tres ó cuatro mosquetes cargados y poniéndole un colchón por vía de barricada para protegerle. Hunter trajo el botecillo de manera de colocarlo precisamente bajo la porta de popa y Joyce y yo nos pusimos inmediatamente á la obra de cargar en él botes de pólvora, mosquetes, bultos de bizcochos, galletas, jamón, una damajuana de cognac y mi inestimable estuche de cirujía.

Entre tanto el Caballero y el Capitán permanecían sobre cubierta y el último de ellos hacía al timonel la siguiente amistosa y cortés intimación:

– Amigo Hands, aquí nos tiene Vd. á dos personas con dos pistolas cada una. Si alguno de Vds. seis hace el menor movimiento para acercársenos puede tenerse por hombre al agua.

Los hombres aquellos deliberaron un corto rato y después de su pequeño consejo de guerra se fueron dejando caer uno tras de otro, de la carroza, abajo, pensando, sin duda alguna, cogernos por la retaguardia. Pero en cuanto que se encontraron con Redruth esperándolos, mosquete en mano, en la estrecha galería de comunicación, volvieron otra vez á querer recobrar su lugar primitivo á proa, apareciendo sobre cubierta la cabeza de uno de ellos por una escotilla.

– ¡Abajo otra vez, perro pirata!, le gritó el Capitán, ó te vuelo la tapa de los sesos!

La cabeza aquella se hundió de nuevo como por encanto en la escotilla y por entonces nada volvimos á oir ni á saber de aquellos miserables.

Mientras esto pasaba, nuestro ligero serení estaba ya tan cargado como era racional ponerlo. Joyce y yo saltamos por la porta de la popa y tornamos á remar hacia la playa, tan de prisa como nuestras fuerzas nos lo permitían.

Este segundo viaje despertó ya de una manera indudable la alarma de los vigilantes de los esquifes. “Lilibullero” fué dado de mano otra vez, y precisamente antes de perderlos de vista tras del pequeño cabo de la playa, uno de ellos había ya saltado á tierra y desaparecido rápidamente. Estuve entonces á punto de cambiar de táctica é irme derecho á sus botes y destruírselos, pero temí que Silver estuviese por allí demasiado cerca con los restantes y era en tal caso muy posible que todo se perdiera por querer hacer demasiado.

Muy pronto llegamos de nuevo á tierra al mismo lugar que en el viaje precedente. Los tres hicimos el primer trasporte del bote hasta la cabaña, muy bien cargados, y depositamos allí nuestras armas y provisiones. Dejamos entonces á Joyce en la palizada, de guardia para custodiar nuestro depósito, y aunque es verdad que se quedaba solo enteramente, tenía á su disposición media docena de mosquetes muy bien preparados. Hunter y yo volvimos otra vez al botecillo, tornamos á cargar lo más que pudimos y regresamos á la estacada. Así continuamos, casi sin tomar aliento, hasta que toda la carga puesta en el bote había sido trasladada á la cabaña en la cual los dos criados tomaron definitivamente sus posiciones, mientras yo, con todas mis fuerzas, remaba otra vez en el ya ligero serení hasta llegar de nuevo á La Española.

El arriesgar una segunda cargada era, en realidad, menos atrevido y peligroso de lo que parecía. Es cierto que ellos tenían la ventaja del número, pero nosotros teníamos la de las armas. Ninguno de los hombres que estaban en tierra llevaba un mosquete consigo y así es que, antes de que hubieran podido acercársenos á tiro de pistola, es seguro que nosotros hubiéramos dado buena cuenta de ellos.

El Caballero estaba espiándome en la porta de popa, ya restablecidos su valor y su ánimo. Cogió el cabo de la amarra que yo le arrojé, lo sujetó arriba y comenzamos á hacer ya un cargamento de verdadera vitalidad para nosotros, consistente en carne, pólvora y bizcochos, sin añadir más armas que un mosquete y un sable por cabeza para el Caballero, para mí, Redruth y el Capitán. El resto de las armas y la pólvora los arrojamos al agua á dos brazas y media de profundidad, de manera que podíamos distinguir el limpio acero de los mosquetes brillando con los reflejos del sol, allá abajo en el fondo limpio y arenoso del ancladero.

Á esta hora la marea comenzaba ya á bajar y el buque empezaba á columpiarse en torno del ancla. Oímos voces llamándose mutuamente, muy lejos y muy débiles, allá en dirección de los esquifes, y aun cuando esto nos tranquilizó por lo que hacía á Joyce y á Hunter que, por lo visto, quedaban todavía en su posición del Este sin ser molestados, nos hizo comprender, sin embargo, que nosotros debíamos darnos prisa.

Redruth, entonces, abandonó su trinchera de lana en la galería y se replegó al bote con nosotros. Dirigido el pequeño serení por el Capitán Smollet en persona, dimos vuelta al buque y nos vinimos á colocar junto á la escotilla de proa.

– Ahora, amigos, gritó el Capitán, ¿me oyen Vds.?

Ni una voz respondió sobre cubierta.

– ¡Es á tí, Abraham Gray, á quien hablo!..

El mismo silencio anterior.

– ¡Gray!, volvió á decir el Capitán en voz más alta aún, en este mismo momento voy á dejar este buque y como tu Capitán que soy te ordeno que me sigas. Yo sé que tú eres, en el fondo, un buen muchacho y hasta me atrevo á decir que ninguno de los seis que están allí es tan malo como aparenta serlo. Aquí tengo en la mano, mi reloj abierto: te doy treinta segundos de plazo para que te me reunas.

Hubo un silencio nuevo.

– Ven pronto, muchacho mío, continuó el Capitán: no te detengas tanto en vacilaciones. Estoy aquí exponiendo mi vida y la de estos excelentes caballeros cada segundo que pasa.

Oyóse entonces el ruido repentino de una pendencia, el rumor de golpes cambiados, y en unos cuantos segundos apareció Abraham Gray en la porta, con una herida de arma blanca en una de sus mejillas, pero corriendo presuroso á la llamada del Capitán como un perro puede venir al silbido de su amo.

– ¡Estoy con Vd. mi Capitán!, dijo aquel leal chico.

Un instante después, con Gray ya á bordo, habíamos empujado de nuevo nuestro barquichuelo en dirección á la playa.

Y cierto es que nos encontrábamos ya fuera de la peligrosa goleta, pero ¡ay! aún no nos veíamos en tierra, dentro del recinto de la estacada.

4El verbo inglés to maroon, usado por el autor, significa, abandonar á un hombre en una isla desierta, por castigo ó por venganza. Según Webster, la palabra está tomada del español cimarron, pero careciendo nuestro idioma de la facilidad de convertir en verbos los nombres, como el inglés, nos vemos precisados á usar convencionalmente el verbo aislar.
5Serení es el nombre del más pequeño de los botes que un buque lleva para su servicio. – N. del T.